
Ayer empecé a trabajar en mi nuevo destino: el instituto Pirámide de Huesca. Sor prende la arquitectura del lugar, que tiene por fuera forma de Pirámide y un hermoso patio ajardinado interior, donde curiosamente los chavales no pasean.
Me hace ilusión prepararme las clases, aunque me han tocado cuatro horas de alternativa a la religión en la que nadie quiere trabajar por más que me empeño. De todas formas tengo un buen horario y algunos días no entro a primera hora, con lo que mis vajes desde Zaragoza son más reposados.
En el departamento estamos tres personas: el profesor de latín, la profesora de griego y la profesora de religión. Casi no hay libros, porque están en la hermosa biblioteca donde no hay casi nadie. Donde sí hay gente es en el bar, donde curiosamente me tomo mi cortado solitario. Donde no falta comunicación es en el departamento y en la sala de profesores, donde hablas con otros interinos con oposiciones o con antiguos compañeros de otro instituto en que te tocó trabajar. Se tiene la sensación de caminante sin patria.