
En cambio, a mí me ha gustado más la primera parte, donde he reido más a gusto viendo esa isla ficticia llamada Kalokairi ("verano", en griego moderno) y ese hotel que se rompe a pedazos en una zona de terremotos frecuentes. Aparecen elementos clásicos con ironía: el coro que acompaña a la pareja protagonista, los dioses olímpicos que juzgan el amor de 20 años atrás, sirtakis en versión de Abba, barcos de bandera griega y paisajes mediterráneos. No se puede pedir más a los filohelenos como yo, no sólo a los clasicistas. Algún gazapo: el cura no era ortodoxo y la iglesia no estaba encalada. Entre el público, muchos cincuentones que añoran el grupo Abba y varias chicas que podrían ser alumnas mías. Una delicia.
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